Gladiator dirigida en el año 2000 por Ridley Scott; dos décadas
después del primer acto de “Alien", cuando Ridley Scott parecía sumido en una corriente principal pálida y sin rastro de aquellas
primeras autorías impactantes, consiguió el doble logro de que una película
estrenada en primavera fuese aún recordada por los académicos en las votaciones
por los Oscar, eliminando de “Gladiator” el telón religioso
típico en las producciones del Hollywood dorado.
Más bien un cántico mísitico, desde la voz femenina de la banda sonora hasta los planos de manos que acarician espigas de trigo; una especie de defensa del obrero frente al rey en clave de acción en ralentíes y acelerones.

Más bien un cántico mísitico, desde la voz femenina de la banda sonora hasta los planos de manos que acarician espigas de trigo; una especie de defensa del obrero frente al rey en clave de acción en ralentíes y acelerones.

El pragmatismo inglés de sus raíces de nacimiento
puede haber influido en ese flujo lento y sin pausa de su filmografía, en la
que predominan más islotes que una corriente unificadora. Un hombre
extraño, de facciones flemáticas que encierran un secreto impenetrable para
grandes estudios y autores: ¿cómo ha hecho para ganar premios Oscar, volverse rey del hype y del viral con su saga “Alien”, rodar
peliculitas y bombazos, mastuerzos pasados de metraje y giros rotundos hacia
géneros nunca antes pisados por él? Lo que busca Ridley Scott en esa marea sin
sentido aparente sólo lo sabe él, aparte de una diversión sin límites en saltos
desets con decorados gigantescos a rodajes en
localizaciones exóticas. Sea un genio o un timador, al menos ha conseguido,
mucho antes de rozar la jubilación, que sus mejores películas sean las de alguien que ha rodado a su
antojo.
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